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lunes, 27 de agosto de 2012

Veleros...




No sé que tiene la mar,
que a todos nos llama.
No lo sé;
será el canto de las sirenas,
quizá;
no lo sentimos, 
conscientes, 
en nuestros sentidos;
pero nos llama.
Enciende en nosotros 
la fútil llama,
piloto que nos guía
y nos trae, 
cual sonámbulos,
hasta la orilla.

Los más osados,
valientes ellos,
en la mar se adentran,
navegantes de infinitas rutas,
siguiendo, ellos sí,
el canto de la sirena
hasta el desconocido;
hasta el destino final,
más allá, siempre,
de todo horizonte conocido;
más allá de la tormenta,
hasta la calma infinita,
para ser devorados 
por la hidra.

Y no sé muy bien la causa,
pero siempre,
siempre,
ha de ser a bordo
de un velero.

De un mástil, o tres;
goletas o fragatas,
galeras o galeones,
siempre ha sido a vela,
que los grandes marinos se han perpetuado
en la historia.
Buscando la gloria militar,
soldados de fortuna,
exploradores, fugitivos,
cada cual con su motivo,
con su búsqueda,
con su historia.

Sus émulos actuales,
navegantes audaces,
o no,
siguen el canto de la sirena,
buscando la paz,
en el mar;
Ignoran, tal vez,
que la paz en el mar
es la calma chicha,
es el terror del navegante,
quieto, las velas flojas,
la boca llena de sal,
los ojos rojos,
esperando la brisa 
que le llevará a su destino.
El Estelle, en el puerto Donostiarra, Camino de Gaza

Otros, más comprometidos,
buscan la foto, el ánimo,
o el compromiso,
como el Estelle;
y cruzar la invisible barrera
que abra al mar
al pueblo palestino.

Yo, pobre de mí,
sólo pretendo capturar,
por un instante, 
el sueño del marino,
la silueta del velero,
la calma,
con mi pluma y mi pincel.

Y parafraseando a Machado, diría,
Navegante, no hay camino
sino estelas en la mar.