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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Calatañazor, Soria

Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor.


Anoche tuve un sueño;

Corría el año de 1002 de nuestro señor,
y  el caudillo moro Abu ʿAmir Muhammad ben Abi ʿAmir al-Maʿafirí, 
Al-Manūr billah (El victorioso por Alá), (المنصور بالله),
conocido como Almanzor por los cristianos,
dirigía las tropas sarracenas contra el conde Sancho García de Castilla
contando este con la ayuda de Sancho III el Mayor de Navarra
y de Alfonso V de León.

Yo me encontraba, como no podía ser de otra forma,
de vacaciones en el Castillo de las Águilas (Calatañazor),
por las frías tierras de Soria, disfrutando del verano.

El pueblo, amurallado en un cerro,
tiene unas magníficas vistas de esas tierras altas del Duero,
recibiendo las brisas norteñas refrescadas por las nieves
de los picos de Urbión y de Neila.


Las calles, empedradas con cantos rodados, pendientes,
miran todas a la iglesia y al Castillo, como corresponde.

Las casas tienen la planta baja en piedra de sillar
y la planta alta en madera y adobe;
con grandes aleros para proteger de la lluvia
a las fachadas, y a los caminantes,
en esos tonos rojos y ocres tan comunes por esas tierras.


La leyenda recogida en escritos de la época dice
que ese día de julio, tras larga batalla,
en el lugar que se dize Calatanasor muchos millares de Sarrazines cayeron,
et si la noche non cerrara el día, ese Almançor fuera preso.
Enpero, en esse dia non fue vençido,
mas de noche tomó fuyda con los suyos”

En mi sueño, un extraño personaje con aspecto de pescador,
lloraba gimiendo, a veces en árabe, otras en lengua romance,
diciendo: en Calatañazor perdió Almanzor el tambor.

No hay duda de que este espejismo era
“el diablo que llorava la cayda de los moros,”
como cuenta el cronista.

No pude resistirme a la afición y, en mi sueño,
no siendo capaz de plasmar la batalla,
plasmé sobre pergaminos de papiro
un retrato de cómo quedó el castillo tras la batalla,
y un retrato de una calle del pueblo
desde la que, ahora, se divisa al fondo la iglesia;
en aquellos días esa iglesia no estaba,
y por ello tampoco la puse en mi dibujo.

No sabía cómo combinar el sueño y la realidad,
ésta es la crónica de unos hechos vividos en primera persona,
aunque sólo haya sido en sueños.

¡Feliz año nuevo!

domingo, 18 de diciembre de 2011

Donostia, la Avenida, después del chaparrón.

LUCES DE INVIERNO

Últimamente no he tenido mucho tiempo para dedicarme a pintar, y sólo he hecho apuntes al natural en pequeño formato.
Antesdeayer, tras un fuerte chaparrón, salió el sol un rato y justo al salir de trabajar tomé una foto en la avenida, con esa fantástica luz de invierno de las cuatro de la tarde, reflejándose en las fachadas de las casas.
Como el fin de semana ha sido como para no salir de casa, el viernes por la tarde me animé a pintar en casa una acuarela en formato grande, sobre un buen papel de algodón Arches.
El dibujo, el trazado de las líneas maestras de la perspectiva, y el detalle de las casas, me llevó mucho más tiempo de lo que creía, y estuve casi dos horas sólo con el lápiz y la goma de borrar, hasta obtener un dibujo que recogiese la perspectiva de una forma realista.
Luego me armé de paciencia y, dejando blancos y tonos muy pálidos para las zonas iluminadas, poco a poco fuí armando la pintura, hasta conseguir lo que, más o menos, podeis imaginar viendo la foto.
La pintura tiene unas dimensiones considerables, 35 x 45, más o menos, y aunque la foto ha quedado oscura, el efecto final es el que se puede ver.
Espero que os guste.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Reflexiones de Adviento


Aralar invierno, a photo by mikel.quintana on Flickr.
Aralar invierno by mikel.quintanaEl invierno ya está aquí.

No sé cómo ha llegado, porque apenas nos ha advertido de su llegada; hemos disfrutado de un cálido y soleado otoño, y de pronto los árboles están secos, pelados; sus troncos oscuros, húmedos y fríos, y el suelo alfombrado de rojos y ocres.

La niebla invade nuestros bosques, los vuelve misteriosos, deja entrever fantasmas ocultos tras los árboles, y silenciosamente atraviesa nuestra piel, calando el frío en los huesos.

Nuestros pasos en el bosque se vuelven ruidosos, pisando la hojarasca, con los pequeños estallidos de las ramas que, al ser pisadas, se parten bajo nuestros pies; esos ruidos que reverberar en la niebla, con el constante crujido de las hojas, secas, recién caídas, alfombrando el suelo, ocultando a los pequeños insectos que salen corriendo, huyendo del que, supongo, debe ser para ellos estruendo de nuestras pisadas.

Sólo algún arbusto de acebo, con sus rojos frutos, algún boj y el musgo en el suelo de vez en cuando, rompen con sus verdes la monotonía del rojo y ocre de las hojas caídas, del sepia y siena de los troncos de los árboles, y del profundo gris, perlado de agua, de la niebla.

Así, y ante la soledad, el frío, y la tristeza que impregna el bosque, lo abandonamos buscando el calor de la 'civilización', el falso bienestar urbano.

Y en la ciudad, las calles se llenan de luces multicolor, de actividad por todas partes, de gentes corriendo de un comercio a otro buscando aquello que no se vende, el regalo de Navidad que hará felices a los suyos, ignorando que nunca lo encontrarán fuera de sí mismas.

Parece más fácil, aún en estos tiempos de crisis, ingenuos de nosotros, 'comprar' la felicidad para los demás a cambio de unas monedas; ignorando que dedicarles un poco de nuestro tiempo, una sonrisa, una caricia, cosas tan sencillas como esas son las únicas que logran esos pequeños instantes de auténtica felicidad en nuestra vida. Y no son cosas para la Navidad, como puede parecer; lo son todo el año.

Vayamos al bosque, y reflexionemos.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Frío: El invierno viene, el otoño se va.

 Viene el frío; se siente, el invierno llega.
El cielo se vuelve gris, plomizo.
La luz del sol, cuando luce, se vuelve fría, azul, 
como si el cielo fuese un glaciar.


El campo se vuelve gris, pardo,como una foto en sepia.

La hierba muere, pajiza, encogidas sus arterias,
seca, amarilla, para renacer como el ave fénix
la próxima primavera.



Los animales desaparecen del bosque, de los jardines,
de los campos, como por encanto;
sólo se ve a los cuervos.

Unos, muchas aves, se habrán ido, también ellas, 
ateridas, buscando el sol, huyendo del invierno,
volando en desbandada.

Otros, tal vez no, seguro que no;
quizá buscan refugio entre las ramas de los arbustos,
entre la hojarasca, en los huecos de los muros,
entre las piedras, en las cuevas.


Mueren, también de frío, las hojas de los árboles;
Primero cambian de color, marchitas, viejas,
dorando las copas de sus dueños, vistiéndolos de gala;
Luego, al fin, caen arrastradas por el frío céfiro del norte;

Los árboles se quedan desnudos, negros,
enjutos, con sus peladas ramas sacudidas,
mojadas, o dobladas bajo el peso del blanco manto.


Y nosotros, que hemos perdido nuestro ser natural,
que apenas formamos parte del hábitat,
-sólo nos relacionamos con  él para destruirlo;
nosotros, que nos escondemos 
en nuestros refugios de adobe, de vidrio,
de hormigón o de piedra, de madera algunos;
que nos cubrimos de mantos y mantas, 
que nos ocultamos,
y más que nunca, con el frío, perdemos el contacto 
con Gaia, Amalur, la diosa que gobierna la tierra.