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viernes, 18 de noviembre de 2011

Batalla por la luz

Aieteko parkean by mikel.quintana
Aieteko parkean, a photo by mikel.quintana on Flickr.
Cuando me he acercado al parque con intención de dibujar algo, el sol estaba acercándose al horizonte, cayendo lentamente pero sin descanso, cansado de su pesada tarea diaria.
Sentado en un banco, he visto cómo los últimos rayos del sol iluminaban la farola, como si de una provocación se tratara. He cogido el pincel y, casi sin tiempo para dibujar el entorno, me he centrado en la farola y la magia de la luz.
Mientras iba acabando, la oscuridad se iba adueñando del parque y el aire, frío, me estaba haciendo tiritar.
En el momento en que recogía todo para volver a casa, he podido ver cómo la farola, que había estado bebiéndose los últimos rayos del sol, de pronto, en un acto mágico, ha comenzado a devolver los mismos rayos, mitigando la oscuridad.
Así que era eso...
Yo que pensaba que la farola reflejaba los rayos del sol, estaba en realidad absorbiéndolos para luego ser ella, envidiosa, la que iluminase el parque...

sábado, 5 de noviembre de 2011

Otoño donostiarra

Otoño Donostiarra

Llueve, y lo hace como si 
nunca lo hubiese hecho;
de manera vindicativa
diciendo "aquí estoy, 
creíais que ya no volvería".



Llueve sin parar,
con fuerza,
con viento,
arrastrando las hojas caídas,
anegando las alcantarillas,
cubriendo las calles de agua,
de charcos, 
de pequeñas lagunas
donde los perros beben, 
donde los pájaros beben, 
donde tus zapatos beben
y se empapan,
dejándote los pies fríos,
mojados, arrugados,
como si fueses descalzo.


El viento frío, marino,
húmedo tras cruzar el cantábrico,
aprisionado, encauzado 
entre el anticiclón de las azores 
y la borrasca mediterránea,
cruza la ciudad de norte a sur
como un chorro imparable
doblando los árboles, 
desnudándolos
de sus hojas caducas;
doblando los paraguas
de la gente que no conoce
las borrascas del cantábrico;
arrastrando las sillas de las terrazas;
empujando las olas 
contra los espigones de la Zurriola,
contra los muros del paseo nuevo
contra las Rocas Varadas, 
contra el Peine del Viento,..



El temporal Cantábrico levanta las olas
las zarandea,
las empuja contra los límites de la ciudad
creando un fantástico espectáculo
de espuma -y agua-,
que fascina al visitante
revienta los muros,
y deja empapado, de arriba a abajo,
a todos los listillos que osan
jugar con el "va y ven" de las olas
tratando de esquivarlas.


Los árboles se ven despojados
de su traje colorido - colorado-
quedando desnudos, pelados;
sus hojas caídas, yacentes,
cubren las aceras, las calzadas;
la ciudad entera se cubre
con su manto;
manto de otoño,
manto que parece advertirnos
del frío que viene;
manto de hojarasca
que las máquinas retiran con prontitud,
como si nos quisieran engañar,
diciéndonos "aquí no pasa nada".


El otoño; en fin,
anuncio del invierno 
con sus lluvias,
con la caída de las hojas,
con el paso de las aves migratorias,
preludio del frío,
de largas noches 
de luz fría, azul, sin calor,
del paso fugaz por la "muerte" de la naturaleza.

El otoño, 
anuncio de largos días en casa, 
arrimados a la estufa,
al calor del hogar,
sumidos en la melancolía...

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Luces en la Ciudad

Luces en la ciudad


Luces, luces, luces...




Luces en la oscuridad, 
que iluminan nuestros pasos 
cuando,
ahitos después de una cena
en lo viejo,
volvemos a casa, 
titubeantes,
con indecisos pasos, 
en la noche Donostiarra.

Luces que generan sombras
tras las que se ocultan,
indecisos,
los adolescentes
enamorados, amorosos, 
derramando ternura,
acariciándose,
queriéndose con la fuerza
que los jóvenes ponen en todo;
pasión en la penumbra
disimulo bajo la luz.

Luces que iluminan,
en las noches de borrasca,
la espuma de las olas
que saltan,
sobrevolando los puentes 
que cruzan el Urumea,
creando fantasmales aureolas
en derredor de las farolas 
o "bastos" de la Zurriola.

Luces rutilantes 
en las farolas de La Concha,
que se reflejan
sobre las calmas aguas de la bahía
en las tibias noches de verano,
dando cobijo a los paseantes nocturnos,
y a los que se arriman a la arena
con idea de descansar, relajarse, 
quizás dormir...

Luces de los parques,
cobijo de solitarios
al anochecer,
a la espera del guarda
que cierre el parque 
y les permita,
en el silencio de la noche,
convertirse en espectros
y vagar por entre las tinieblas
susurrando el canto
de los electrones.

Luces que,
penetrando por las rendijas
de las contraventanas,
dibujan en el techo
de los cuartos de los niños
misteriosas figuras
relajantes,
amarillas,
que ayudan a conciliar el sueño.

Luces de la ciudad,
farolas que, a veces,
destellan, deslumbran,
apagan la luz de las estrellas;
otras veces apenas 
consiguen señalar el perfil 
de las casas, en la penumbra;
las más, 
simplemente,
iluminan nuestros pasos,
nos marcan el camino,
nos ayudan a llegar a casa.

Farolas, luces, faros...