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sábado, 28 de mayo de 2011

IRATI

IRATI


De Orbaizeta a la Ermita de las Nieves.

El autobús nos deja en la vieja fábrica de armas de Orbaizeta, construida el siglo XVIII para fabricar bombas para la artillería Real. Es en realidad todo un poblado, en mitad del Pirineo navarro, en el valle de AEZKOA.
Calma y en cierto modo también desolación.

No se ve a nadie, aparte de nosotros, pero las ruinas están allá, ocupando todo, y a su vez siendo ocupadas por la vegetación.

Nos embarga la melancolía, y nos rodea el grito del silencio; sólo se escucha algún pájaro, y sobre todo se oye el aire, el bosque, el todo y la nada a la vez. 
La selva de Irati es un inmenso hayedo y abetal, el segundo mayor de Europa después de la Selva Negra Bávara, que se mantiene casi virgen y ocupa toda la cabecera de los valles pirenaicos navarros de Aezkoa y Salazar. 


A través de un camino forestal, nos adentramos en el bosque de hayas, poco a poco, buscando la altura de las majadas pastoriles en el collado de Mendizar. En el límite del hayedo, rebaños de ganado vacuno por todas partes. Un poco más arriba, en las lomas cubiertas de hierba, de un verde primaveral brillante, insultante, pastan los rebaños de ovejas.

Seguimos subiendo un poco, y llegamos a la txabola de Sabino, un pastor ya entrado en años, pero que continúa pasando los veranos allá en el monte, con sus ovejas. Tenemos la suerte de que está allá, nos saluda y cuenta anécdotas; el saber de los mayores, la historia contada a la antigua usanza, con un vaso de vino en la mano y sin más reloj que el inmenso disco solar que luce todo su esplendor en el cielo.

Luego, 'faldeando' el Mendizar, nos volvemos a adentrar en la selva, en busca del pantano de Irabia, que encontramos después de un precioso descenso por el silencio del hayedo. Y tras una larga caminata por la pista que bordea el pantano, bajo el peso del inmenso manto forestal, llegamos a la Ermita de la Virgen de las Nieves, donde nos espera el autobús.
De allá, y cruzando las cimas de la zona, bajamos a Otxagabia, cabecera del Valle de Salazar, y un precioso pueblo con una arquitectura típica del pirineo navarro, expléndida, sólida y armoniosa, que intenté reflejar en un pequeño apunte que pude tomar a la acuarela después de comer, y mientras la gente se reunía para ir a casa.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Kursaal


Kursaal.


Entre el casco antiguo, y la playa de la Zurriola,
(playa de gros, para todo el mundo),
está, para mí, el más bello puente de la ciudad.

Sus linternas o faros, (de Victor Arana) y las farolas de hierro, lo convierten en algo irrepetible.

En aquellos tiempos,
los donostiarras lo llamaron el seis de bastos, por los seis ‘faros’ que lo jalonan;

Modernista, con una arquitectura propia de cuando se hizo, su estructura ha debido ser reforzada por el impacto del mar.


Al otro lado del puente, en primera línea del mar,
lo mejor -para mí- de la arquitectura donostiarra del siglo XX;

El Kursaal.

Aquí se encontraba antiguamente un casino de bellas formas,
similar al actual ayuntamiento –también casino en otros tiempos-
de estilo neoclásico.

Fue derribado y la ciudad tardó muchos años en reemplazarlo.

Por fin, un proyecto de Rafael Moneo, Las Rocas Varadas,
logró que se llevara a cabo la construcción del moderno edificio actual;



Vidrio y Luz,

Espacio abierto al visitante 

y al mar...

Reflejos del mar 

y de la vida de la ciudad

Dos cubos de vidrio que en su interior guardan otros dos de madera, 

Armoniosos, rompedores, atrevidos y a la vez integradores,

simulando los grandes bloques de granito del espigón que protege la ciudad de los embates del cantábrico.


Por una vez, y a pesar de muchos, 

la ciudad se atrevió a construir algo propio de su época,

dejando de imitar los caducos edificios de arenisca de la Belle Epoque.


Me gusta,
y me hace sentir cierta esperanza;
tal vez algún día superemos el ñoñostiarrismo anclado en la "belle epoque",
y tomemos la senda de la modernidad.

Esperanzas para el nuevo siglo.

Si Baroja (Don Pío) levantase la cabeza…