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jueves, 31 de marzo de 2011

El otoño y sus colores

El otoño;
Que paleta de colores tan llena y variada.

      En los bosques de montaña reina el contraste;
amarillo pálido para los abedules
amarillo y ocre para las hayas
ocres y rojos en los robles
verde-azul de los pinos
verde-negro de los abetos
ocre y verde pálido en la hierba
en contraste con el rojo de la hojarasca que levanta el viento.

Están también las setas y hongos, de todos los colores, 
aunque traten de pasar desapercibidas,
ocultas entre la hojarasca.

En la meseta, predomina el amarillo pajizo de los campos de cereal, 
cuando no han sido aún arados
y el rojo intenso, ocre o gris según la tierra, una vez arados.

Pero siempre, estos tonos casi monótonos,
están rotos de vez en cuando por una chopera amarillo intenso,
el verde oscuro de los cipreses
o el pardo de los cardos que orillan el camino.


En el otoño no puedo menos que agarrar los pinceles
y tratar de llevar esos colores al papel.

Parece como si los rojos y ocres de la tierra,
                                               de la hojarasca,
impregnaran el aire y me llamaran.

Algunas veces un árbol solitario,
semi desnudo, con las últimas hojas temblando
ante el empuje del viento de poniente, 
con un cielo plomizo, 
lleno de nubarrones;

otras la sinfonía insufrible de colores de un hayedo,
o el contraste de unos abedules 
                     vestidos de amarillo brillante
                    rutilando,
entre una masa fría, oscura, de los abetos 
                                     ni grises 
                                 ni verdes 
                            ni azules
                   y todos esos colores a la vez.

Algunas veces, sin salir de casa 
siento una necesidad incontrolada de pintar
y lo que lo provoca puede ser 
una fotografía en el periódico,
o una imagen vista en la tele.
Como el día que vi en DV una foto de Antero Latorre
con un simple árbol desnudo
y el bosque en segundo plano.

Otras, las más, 
tras una excursión montañera
en la que he llenado la memoria de mi cámara,
vacío ésta en el ordenador buscando 
la imagen que me haga recuperar
las sensaciones
los escalofríos,
el 'alma' del bosque o de las praderas de montaña; 
y cuando la encuentro, 
me pongo a pintar.

Y así, poco a poco,
voy tratando de reproducir esos colores.
Casi nunca consigo lo que busco;
la técnica me limita.

Pero muchas veces acaban saliendo,
no sé si guiados por una mano invisible,
unos bellos colores que quedan plasmados en la pintura.




El paseo de la Concha


     
El paseo de la Concha,
el lugar preferido de los kaskariñas.
Los domingos de primavera, por la mañana, se convierte en el lugar de encuentro de todo el mundo.

No he conocido otro lugar,
y que me perdonen si a alguien ofendo,
en el que tanta gente pasea,
como movidos todos por un impulso genético,
todos a la vez, y por el mismo sitio.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Templos, Iglesias y palacios


Ara Pacis

Inmensa mole blanca,
Bella, bellísima,
Eterna
prisionera en un muro de vidrio,
quizá para que no huya


Piazza Navona


Escucho las voces de los jinetes,
azuzando a los caballos,
en una loca carrera sin sentido para ellos,
tirando de los riendas,
dando vueltas a la plaza (entonces circo)
para ir a ninguna parte;


y me acuerdo de Ben-Hur.

Imagino a los romanos Apostando 
sobre la vida 
                       y la muerte,
despiadados; crueles.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Kaia





 El puerto... y sus aromas.
Carraquelas, quisquillas, sardinas en verano...
Me siento en un noray,
-tiene tres gazas bien encapilladas-
entre el puerto deportivo y el pesquero, 
mirando a las casas de los pescadores.

Donostia, desde el Paseo de los Curas



Un día de marzo con niebla, muy donostiarra, me siento en un banco del paseo de los curas;
 la playa vacía,
la nostalgia lo invade todo.
Apenas se intuye el cielo, tras la niebla;
El mar, ni se mueve ni se le oye; parece haberse estancado,
paralizado, muerto…



Todo tiene unos tintes entre gris y morado,
y me llama, me tienta;
Me siento, casi, obligado a reflejarlo.
Los sonidos se oyen amortiguados por la niebla,
El agua que flota en el aire me va calando,
Lentamente,
Hasta que mis huesos empiezan a destilar.
De pronto un escalofrío me recorre todo,
No puedo seguir pintando;
la pintura se queda así,
inacabada,
como sin vida;
Al llegar a casa,
compruebo que el papel aún está húmedo,
los colores se han debilitado, difuminado,
como si la niebla
se hubiera llevado el alma de la ciudad consigo;
y pienso que, en realidad,
no podría haber quedado mejor, más real,
en un día así.

El Coliseo Romano


Coliseo.

Inmenso;
Decrépito como el poder que lo sustentó,
Pero aún poderoso.
Allá siento fluir la sangre

ROMA


Eternidad
Inmensidad.
Todo me traslada en el tiempo
                           En el espacio temporal;
ladrillos superpuestos con una técnica fabulosa,
Rojos y ocres
Y en el suelo albas piedras porosas, 


yacentes,
Tristes;

El Foro Romano


 me asomo al foro romano,
el coloso coliseo - al fondo;
me secuestra la congoja de sentirme nada en la inmensidad
punto negro sobre fondo blanco diría Tapies.
Sin embargo, esa inmensidad es al mismo tiempo vacío,
espacio-tiempo
que me traslada a otros tiempos,
mirando más a los dioses que a los hombres.